Un sábado salí con un amigo y dos amigas. Nos juntamos en la casa de una de ellas a tomar unas cervecitas pre boliche; destino: boliche de moda; buena música, buenos tragos, buenas minas. Me acuerdo que esa noche iban los de Gran Hermano, realmente cero interés por ver a esos giles; objetivo: pasarla bien.
Cuando decidimos salir (tipo 3.30/45 de la mañana), nos subimos al auto y partimos hacia dicho lugar. Al pasar por enfrente del boliche vemos que había una terrible cola que abarcaba unos 20 metros. En concepto, cola es exactamente equivalente a decir fila, pero en estos casos, cola es equivalente a cuatro filas en una. Una maraña de gente, todos amontonados, apoyándose unos a otros, cagados de frío. Como he comentado en alguna ocasión, la paciencia no es mi fuerte, por lo tanto decidimos dar una vuelta a ver si el embotellamiento de personas en la entrada del boliche cedía. Al pasar unos cuantos minutos volvemos a pasar por el lugar y no se había descongestionado nada;
- “¿Y ahora que hacemos?” -dijo alguien-.
- “¿Vamos al otro boliche?” -la misma voz-.
- “¡Vamos al otro boliche!” -otra vez la misma voz-.
- “Naah, no jodas” -dije, tratando de que alguien apoye mi grito de protesta-.
Al parecer nadie compartía mi voto, por lo tanto, fuimos al otro boliche. Hay que bancarse lo que diga la mayoría.
Al llegar a la entrada pude sentir el clásico sonido de la música cumbiera que todos conocemos. “¿Qué carajo hago acá?” -pensé-, acto seguido pasé por el detector de metales, después de haberme sacado el celular, el encendedor y las llaves, pero como esas máquinas siempre suenan, está el amigo que te revisa después. Cuando saco (con dolor) los $10 de mi billetera para pagar la entrada, la mina de la ventanilla me dice: “Son 15”; con más dolor aún, saqué los 5 que faltaban para que me dieran la entrada con una consumición de cerveza.
Al entrar y llegar al fondo hasta alcanzar a ver el escenario, vimos que habían dos vagos cantando… cumbia, obvio. Ambos tenían unos pantalones de jean anchos medios caídos y una remera roja XXL que les llegaba casi hasta las rodillas; calculo que hasta las rodillas porque con la vestimenta es como que perdés noción de la forma del cuerpo. Uno de ellos tenía un sombrero pescador y por la parte de atrás de la cabeza le salían dos mechones más largos de pelo cubriéndole la nuca; y el otro tenía una gorra con la visera chata hacia atrás con la inscripción NY, ese ya se ganó mi desagrado, igual no creo que le importe.
- “¿Y estos quiénes son?” -le pregunto a una de las chicas-.
- “Cumbietón” -me responde-.
- “¿Cumbi, qué?”.
- “¡Cumbietón!, mezcla de cumbia y reggaeton”.
Ah, bueeh, cumbietón, re originales los muchachos, ¿por qué no le pusieron “Reggumbia”?, ¿no era lo mismo?. En fin, no me voy a poner a discutir el nombre de este grupo ni su significado.
Luego de bailar y tomar algo, vimos que se subió una señorita al escenario, una bailarina del lugar. Creo que ninguna parte de la palabra “bailarina” le quedaba a este especimen. A ver como la describo. Una chica que se notaba que no estaba en su peso habitual, sin ser yo nutricionista puedo afirmar eso; tenía una remerita bastante apretada y una pollerita de unos 30 centímetros de “largo” que no alcanzaban a cubrir la totalidad de su culo, aproximadamente dos tercios del mismo. Lo más impresionante fue cuando esta señorita meneaba, ¡por Dios!. Lo peor vino después, cuando seguidamente a ésta se subió otra chica con una vincha con orejitas de conejo y una calza enteriza negra, que de cuerpo era el doble que la anterior y, para no ser menos, también impresionó a todos con su meneito. Por un momento creí estar viendo animal planet. Es como cuando ves la pelea entre una serpiente y una tarántula, que no podés sacarle la vista de encima de lo impresionante que es, por más desagradable que sea e impresionable que seas.
Después de este acto deplorable, siguieron cantando los muchachos de Cumbietón. Lo que me sorprendió de estos pibes es que son de San Isidro, Buenos Aires. ¿Ese no es uno de los lugares más chetos de allá?, ¿del punchi punchi, del agüita con éxtasis y demás?.
Más allá de todo, la pasamos muy bien. Nos quedamos toda la noche ahí, disfrutando de Cumbietón, las bailarinas y algún que otro personaje.
Solo otra salida de sábado.
martes, 17 de junio de 2008
domingo, 1 de junio de 2008
LA NOVELA DE LA TARDE
Si hay algo que falta en el mundo es imaginación. Más en el mundo de las telenovelas. Las novelas de todo el mundo son iguales. Siempre la misma historia. Siempre los mismos problemas. Siempre el mismo final feliz.
La típica, una muchacha pobre que conoce al amor de su vida: un multimillonario dueñ
o de una fortuna heredada, con una madre que no parece la madre, sino la hermana, la cual es una bruja. Actrices como Thalía y Natalia Oreiro han estado en novelas como esta. Th
alía en Marimar, María la del barrio; y Natalia Oreiro en Muñeca brava.
La base es la dicha anteriormente. Después solo resta contar cómo se conocen y generar la mayor cantidad de conflictos como para tirar toda una temporada, finalizando con un final feliz que obviamente solo pasa en la televisión.
Se podría empezar con que la pobre desdichada es una cartonera, la que tiene como amigo un perro sucio que no es de ninguna raza al cual le habla y le cuenta todo. Ella vive en una villa con la abuela porque sus padres murieron cuando era chiquita.
Bien, vamos a la parte en que se cruzan por primera vez.
Ella está buscando, como todos los días, un poco de cartón en una vereda con su perro roñoso. Él va en su Mercedes Benz descapotable, con lentes oscuros y la cabellera rubia al viento, acompañado de su madre y el Caniche Toy. La muchacha cruza la calle, y cuando va llegando al otro lado de la vereda sus miradas se cruzan. Instantáneamente se enamoran perdidamente uno del otro. El primer contacto se realiza cuando un día él pasa solo por el mismo lugar y advierte que unos vándalos malvivientes le están robando el cartón que tanto le había costado conseguir en el mundo de mierda que le tocó vivir. Heróicamente la defiende y se quedan charlando un rato. Ella tiene un nombre como Juana Perez y él uno como en todas las novelas mexicanas, algo como Luis Fernando de los Valles, o alguno que diciendo los dos nombres consecutivamente quede bien.
Lo más entretenido es el nudo de la novela. Cuando se generan los problemas y pasan cosas realmente grosas. Lo que me sorprende es que todos los descubrimientos se hacen de la misma manera: están charlando dos personajes, y un tercero escucha detrás de la puerta un secreto que nadie sabía. O frases célebres como: “Soy tu padre”, y ese primer plano que le hacen a la otra persona mientras pasan la musiquita de la escena de la ducha de Psicosis. La muerte de algún personaje también es muy común. El accidente que dejó paralizado al protagonista, o con amnesia. La maldita ex novia del multimillonario que no quiere a la cartonera y le hace la vida imposible. El hijo no reconocido de alguno que aparece. Alguien que se queda ciego. El secuestro de algún personaje.
En fin, creo que ya han agotado todas las posibilidades que existen. Cualquiera puede escribir una novela, solo hay que saber inventar algunos problemas. O simplemente usar algunos que ya existan, total, ¿quién te va a decir algo?. Otro recurso es robar escenas de películas o series yankees, como se ha visto en producciones argentinas.
Y el final de la novela es indiscutido. Todos felices y contentos. La cartonera se casa con el multimillonario y viven en una mansión. Los malos muertos o locos en un instituto para dementes.
Asi que no se hagan los sorprendidos y no digan que no les avisé cuando estén viendo la novela y suceda algo de lo dicho.
La típica, una muchacha pobre que conoce al amor de su vida: un multimillonario dueñ
o de una fortuna heredada, con una madre que no parece la madre, sino la hermana, la cual es una bruja. Actrices como Thalía y Natalia Oreiro han estado en novelas como esta. Th
alía en Marimar, María la del barrio; y Natalia Oreiro en Muñeca brava.La base es la dicha anteriormente. Después solo resta contar cómo se conocen y generar la mayor cantidad de conflictos como para tirar toda una temporada, finalizando con un final feliz que obviamente solo pasa en la televisión.
Se podría empezar con que la pobre desdichada es una cartonera, la que tiene como amigo un perro sucio que no es de ninguna raza al cual le habla y le cuenta todo. Ella vive en una villa con la abuela porque sus padres murieron cuando era chiquita.
Bien, vamos a la parte en que se cruzan por primera vez.
Ella está buscando, como todos los días, un poco de cartón en una vereda con su perro roñoso. Él va en su Mercedes Benz descapotable, con lentes oscuros y la cabellera rubia al viento, acompañado de su madre y el Caniche Toy. La muchacha cruza la calle, y cuando va llegando al otro lado de la vereda sus miradas se cruzan. Instantáneamente se enamoran perdidamente uno del otro. El primer contacto se realiza cuando un día él pasa solo por el mismo lugar y advierte que unos vándalos malvivientes le están robando el cartón que tanto le había costado conseguir en el mundo de mierda que le tocó vivir. Heróicamente la defiende y se quedan charlando un rato. Ella tiene un nombre como Juana Perez y él uno como en todas las novelas mexicanas, algo como Luis Fernando de los Valles, o alguno que diciendo los dos nombres consecutivamente quede bien.
Lo más entretenido es el nudo de la novela. Cuando se generan los problemas y pasan cosas realmente grosas. Lo que me sorprende es que todos los descubrimientos se hacen de la misma manera: están charlando dos personajes, y un tercero escucha detrás de la puerta un secreto que nadie sabía. O frases célebres como: “Soy tu padre”, y ese primer plano que le hacen a la otra persona mientras pasan la musiquita de la escena de la ducha de Psicosis. La muerte de algún personaje también es muy común. El accidente que dejó paralizado al protagonista, o con amnesia. La maldita ex novia del multimillonario que no quiere a la cartonera y le hace la vida imposible. El hijo no reconocido de alguno que aparece. Alguien que se queda ciego. El secuestro de algún personaje.
En fin, creo que ya han agotado todas las posibilidades que existen. Cualquiera puede escribir una novela, solo hay que saber inventar algunos problemas. O simplemente usar algunos que ya existan, total, ¿quién te va a decir algo?. Otro recurso es robar escenas de películas o series yankees, como se ha visto en producciones argentinas.
Y el final de la novela es indiscutido. Todos felices y contentos. La cartonera se casa con el multimillonario y viven en una mansión. Los malos muertos o locos en un instituto para dementes.
Asi que no se hagan los sorprendidos y no digan que no les avisé cuando estén viendo la novela y suceda algo de lo dicho.
jueves, 15 de mayo de 2008
EL GLACIAR

En una de mis visitas a un amigo en la ciudad de Ushuaia, decidimos escalar hasta el glaciar. Nunca lo había hecho. Son unos kilómetros de montaña, sin equipo, sin indumentaria apropiada, lo hicimos de copados que somos.
Yo siempre voy por uno o dos días. Salimos al boliche, paseamos un toque. Pero esta vez decidimos improvisar. La noche anterior estábamos en su casa, acostados cada uno en su cama, charlando de la vida, y salta:
- “Mañana vamos al glaciar” -me dijo-
-“¿Me estás preguntando?” -le dije sin poder distinguir si era una órden o una pregunta lo que me había hecho-
- “No, no, mañana vamos” -dijo entusiasmado-
- “Bueno, vamos” -respondí también estusiasmado-
Al otro día, después de dormir lo justo y necesario como para escalar una montañita, nos levantamos, nos cambiamos y partimos hacia la montaña para ver el glaciar que yo nunca había visto. Me puse algo de lo poco que había llevado a mi visita por dos días a Ushuaia: un pantalón de jean, zapatillas, una remera, buzo y mi campera de jean recién comprada.
Llegamos y empezamos a caminar. No es todo escalar, empezás caminando y vas subiendo de a poco, “una boludez” -pensé-. Cuando ya llevábamos como 45 minutos de caminata, pregunto: “¿Dónde mierda queda el glaciar?”, y mi amigo, bien específico y con toda la calidez que lo caracteriza, me dice apuntando con el dedo hacia no sé donde: “Por allá arriba”; a mí se me hizo que con su dedo señaló el cielo, y estábamos lejos de ahí.
La cosa es que continuamos con la caminata y llegó la hora de escalar. El tiempo pasaba y no llegábamos nunca. Cada vez me costaba más respirar y las piernas ya dolían. Desde lo alto, prácticamente podía ver mi casa en Río Grande pero ni un indicio del glaciar. Lo único que me hacía seguir era que ya había escalado mucho y no daba para abandonar.
Habrá pasado como una hora más. Mi amigo me sacó como un kilómetro de ventaja, hasta que dije basta, no doy más, que se vaya a cagar el glaciar, yo me quedo acá sentado en esta roca fumándome un pucho. Solo quería pegarme un baño y acostarme un rato. Dos mujeres estaban en la misma que yo, no parecían del lugar. Noté que hablaban en otro idioma. Yo andaba con una cámara de fotos que le vino en una revista a mi amigo, de esas baratas, de las que difícilmente conseguís un rollo, que no tienen flash y que en las fotos reveladas, la imagen que interesa sale entre dos bandas negras, tipo película vieja. Así que me acerco a las extranjeras y les digo con mi pasable inglés: “¿De dónde son?”, y me responde una de ellas: “Germany”; le pregunté si me podían sacar una foto junto al hermoso paisaje que había detrás mío, ningún drama las minas.
Así es que me quedé esperando a que vuelva mi compañero escalador, quien tampoco llegó a ver el glaciar, para iniciar el retorno. Lo bueno del sacrificio de subir, es que a la hora de bajar no es tan complicado y es más rápido. No sin antes cagarme de un golpe. Había que bajar como un escalón bastante grande,
- “Vení por acá” -me dice-.
- “Naah, vos dejame a mí” -le respondo con mi mejor cara de escalador profesional-.
La cuestión es que mi instinto me traicionó y me indicó el camino incorrecto para resolver el problema del gran escalón. Estoy intentando bajar, piso una parte de pasto bastante húmeda y fui a parar a la mierda. El escalón lo bajé, me costó un raspón en el tobillo (más el dolor) y mancharme la campera nueva.Ya cuando llegamos abajo, nos cruzamos con un grupito de mujeres de no sé donde y nos preguntan en inglés: “¿Dónde queda el glaciar?”, yo a esa altura, ya cansado, dolido, con hambre y sucio, no podía hilvanar una frase en inglés. Así que respondió mi amigo con el mejor inglés que le salió: “Folin dat wei”, esta vez con ambas manos abiertas poniéndolas en fila india y moviéndolas indicándoles el camino hacia el cielo.
Yo siempre voy por uno o dos días. Salimos al boliche, paseamos un toque. Pero esta vez decidimos improvisar. La noche anterior estábamos en su casa, acostados cada uno en su cama, charlando de la vida, y salta:
- “Mañana vamos al glaciar” -me dijo-
-“¿Me estás preguntando?” -le dije sin poder distinguir si era una órden o una pregunta lo que me había hecho-
- “No, no, mañana vamos” -dijo entusiasmado-
- “Bueno, vamos” -respondí también estusiasmado-
Al otro día, después de dormir lo justo y necesario como para escalar una montañita, nos levantamos, nos cambiamos y partimos hacia la montaña para ver el glaciar que yo nunca había visto. Me puse algo de lo poco que había llevado a mi visita por dos días a Ushuaia: un pantalón de jean, zapatillas, una remera, buzo y mi campera de jean recién comprada.
Llegamos y empezamos a caminar. No es todo escalar, empezás caminando y vas subiendo de a poco, “una boludez” -pensé-. Cuando ya llevábamos como 45 minutos de caminata, pregunto: “¿Dónde mierda queda el glaciar?”, y mi amigo, bien específico y con toda la calidez que lo caracteriza, me dice apuntando con el dedo hacia no sé donde: “Por allá arriba”; a mí se me hizo que con su dedo señaló el cielo, y estábamos lejos de ahí.
La cosa es que continuamos con la caminata y llegó la hora de escalar. El tiempo pasaba y no llegábamos nunca. Cada vez me costaba más respirar y las piernas ya dolían. Desde lo alto, prácticamente podía ver mi casa en Río Grande pero ni un indicio del glaciar. Lo único que me hacía seguir era que ya había escalado mucho y no daba para abandonar.
Habrá pasado como una hora más. Mi amigo me sacó como un kilómetro de ventaja, hasta que dije basta, no doy más, que se vaya a cagar el glaciar, yo me quedo acá sentado en esta roca fumándome un pucho. Solo quería pegarme un baño y acostarme un rato. Dos mujeres estaban en la misma que yo, no parecían del lugar. Noté que hablaban en otro idioma. Yo andaba con una cámara de fotos que le vino en una revista a mi amigo, de esas baratas, de las que difícilmente conseguís un rollo, que no tienen flash y que en las fotos reveladas, la imagen que interesa sale entre dos bandas negras, tipo película vieja. Así que me acerco a las extranjeras y les digo con mi pasable inglés: “¿De dónde son?”, y me responde una de ellas: “Germany”; le pregunté si me podían sacar una foto junto al hermoso paisaje que había detrás mío, ningún drama las minas.
Así es que me quedé esperando a que vuelva mi compañero escalador, quien tampoco llegó a ver el glaciar, para iniciar el retorno. Lo bueno del sacrificio de subir, es que a la hora de bajar no es tan complicado y es más rápido. No sin antes cagarme de un golpe. Había que bajar como un escalón bastante grande,
- “Vení por acá” -me dice-.
- “Naah, vos dejame a mí” -le respondo con mi mejor cara de escalador profesional-.
La cuestión es que mi instinto me traicionó y me indicó el camino incorrecto para resolver el problema del gran escalón. Estoy intentando bajar, piso una parte de pasto bastante húmeda y fui a parar a la mierda. El escalón lo bajé, me costó un raspón en el tobillo (más el dolor) y mancharme la campera nueva.Ya cuando llegamos abajo, nos cruzamos con un grupito de mujeres de no sé donde y nos preguntan en inglés: “¿Dónde queda el glaciar?”, yo a esa altura, ya cansado, dolido, con hambre y sucio, no podía hilvanar una frase en inglés. Así que respondió mi amigo con el mejor inglés que le salió: “Folin dat wei”, esta vez con ambas manos abiertas poniéndolas en fila india y moviéndolas indicándoles el camino hacia el cielo.
jueves, 1 de mayo de 2008
BIBLIOTECARIO ORTIBA
Hace unos días saqué un par de libros para empezar a preparar el final de una materia. Y como una materia no se prepara en una semana, tengo que ir renovándolos cada dos días porque es la cantidad de tiempo que te los dan, algo que me da por las pelotas. El anterior bibliotecario era re piola. Si bien hay ciertas reglas para el alquiler de libros, él me los prestaba por más días si el mismo no estaba tan requerido. Pero ahora hay otro tipo. Uno que cree que tiene el mejor laburo del mundo y lo cuida como si fuera oro (sin desmerecer a los bibliotecarios, ¿no?).
La cosa es que me re pudrí de tener que renovarlos cada dos días porque me olvido y porque me embola, ¿para qué voy a mentir?.
Llega el día que me toca renovarlos. Les relato la charla.
- “Buenas” -le digo-.
- “Buenas” -con cara de pocos amigos, sin mirarme y de cara a la computadora-.
- “Vengo a renovar los libros”.
- “Sssí, ¿cuál es tu número de socio?".
- “2215”.
- “Bueno, hasta el 22”.
- “¿Hoy qué día es?”.
- “Lunes 21”.
- “Eso es mañana”.
- “Sssí, mañana”.
- “Escuchame, ¿no me los podés dar más días? Digo, así no vengo a cada rato”.
- “No, no puedo, la computadora dice que no”. (¡¿la computadora?!) “Si hubieses traído los libros, por ahí…”.
- “O sea que tengo que traer los libros cada vez que venga a renovarlos”.
- “Y… sí”.
- “De verdad los necesito. Con el anterior bibliotecario yo arreglaba para--“.
- “Ahhhh, bueno, con el anterior”. -me interrumpe- “Tomá, acá en este papelito tenés las reglas de alquiler de libros, escritas por el anterior bibliotecario”. -extendiéndome la mano para alcanzármelo-
- “No, está bien, no lo voy a leer. Este es el sexto año que estoy en la facultad, sé las reglas. Aparte no sé leer muy bien”. -con mi mejor cara de asesino serial-
Después de seguir discutiendo unos cinco minutos más, mientras algunas personas nos miraban y esperaban para sacar libros, gané la batalla (por cansancio) de la siguiente manera:
- “Uhh, bueno, a ver...”. -empieza a investigar en su computadora- “Bueh, te los doy hasta el viernes 25. Pero tomá, llevate el papelito igual”. (misteriosamente, como por arte de magia, la computadora aceptó mi propuesta)
- “Bueno, entonces no vengo mañana”. (me aseguro de que gané)
- “No”.
- “Gracias”.
- “Chau”.
Entonces recién ahí agarré el papelito arrugándolo todo y cuando salí lo tiré en el primer tacho de basura que me encontré.
Me molesta la gente prepotente y sobradora que en vez de hacerte la vida más fácil, te la complica y hace las cosas de mala gana. El tipo este se cree que está laburando para la NASA y que lo estan vigilando las 24 horas para ver que está haciendo bien su laburo, no regala nada. Hay personas a las que no se le puede pedir un favor.
En fin, pero fue solo por esa vez que me los prestó más de dos días y ya no da para volver a discutir. Esta vez me ganó él por cansancio. Que bibliotecario ortiba, che.
La cosa es que me re pudrí de tener que renovarlos cada dos días porque me olvido y porque me embola, ¿para qué voy a mentir?.
Llega el día que me toca renovarlos. Les relato la charla.
- “Buenas” -le digo-.
- “Buenas” -con cara de pocos amigos, sin mirarme y de cara a la computadora-.
- “Vengo a renovar los libros”.
- “Sssí, ¿cuál es tu número de socio?".
- “2215”.
- “Bueno, hasta el 22”.
- “¿Hoy qué día es?”.
- “Lunes 21”.
- “Eso es mañana”.
- “Sssí, mañana”.
- “Escuchame, ¿no me los podés dar más días? Digo, así no vengo a cada rato”.
- “No, no puedo, la computadora dice que no”. (¡¿la computadora?!) “Si hubieses traído los libros, por ahí…”.
- “O sea que tengo que traer los libros cada vez que venga a renovarlos”.
- “Y… sí”.
- “De verdad los necesito. Con el anterior bibliotecario yo arreglaba para--“.
- “Ahhhh, bueno, con el anterior”. -me interrumpe- “Tomá, acá en este papelito tenés las reglas de alquiler de libros, escritas por el anterior bibliotecario”. -extendiéndome la mano para alcanzármelo-
- “No, está bien, no lo voy a leer. Este es el sexto año que estoy en la facultad, sé las reglas. Aparte no sé leer muy bien”. -con mi mejor cara de asesino serial-
Después de seguir discutiendo unos cinco minutos más, mientras algunas personas nos miraban y esperaban para sacar libros, gané la batalla (por cansancio) de la siguiente manera:
- “Uhh, bueno, a ver...”. -empieza a investigar en su computadora- “Bueh, te los doy hasta el viernes 25. Pero tomá, llevate el papelito igual”. (misteriosamente, como por arte de magia, la computadora aceptó mi propuesta)
- “Bueno, entonces no vengo mañana”. (me aseguro de que gané)
- “No”.
- “Gracias”.
- “Chau”.
Entonces recién ahí agarré el papelito arrugándolo todo y cuando salí lo tiré en el primer tacho de basura que me encontré.
Me molesta la gente prepotente y sobradora que en vez de hacerte la vida más fácil, te la complica y hace las cosas de mala gana. El tipo este se cree que está laburando para la NASA y que lo estan vigilando las 24 horas para ver que está haciendo bien su laburo, no regala nada. Hay personas a las que no se le puede pedir un favor.
En fin, pero fue solo por esa vez que me los prestó más de dos días y ya no da para volver a discutir. Esta vez me ganó él por cansancio. Que bibliotecario ortiba, che.
jueves, 17 de abril de 2008
EL AUTO TUNNING

¿Qué quiere decir cuando dicen: ese auto está “tuneado”?. Lo que yo interpreto, como mucha gente más, es un auto que tiene un montón de boludeces encima, ya sea como adorno o porque realmente sirve para algo; o las dos cosas.
Me agarró curiosidad y me fijé en el diccionario que tengo inglés/castellano la palabra tunning y no aparece. Obvio que no, tunning es un verbo (si mal no recuerdo las clases de inglés de la secundaria). Así que me fije tune y dice: “sintonizar”; y todavía seguía sin entender. ¿El auto sintonizador?, ¿el auto que sintoniza?.
Es una palabra que usamos casi cotidianamente pero no tenemos la más mínima idea de la interpretación al ponerla al lado de una palabra como “auto”.
Y no es lo mismo un auto adornado que uno tunning, no señor. Para adornar un auto hay que tener el mínimo requerido de buen gusto y algo de plata; y para hacer uno tunning puedo prescindir del buen gusto.
Un viernes a la noche salí a dar unas vueltas por el conocido tontódromo de la ciudad. Voy con mi humilde auto no tuneado (ni adornado) y se me pone un auto atrás, en la parada de un semáforo. Cuando lo ví bien pensé que estaba en una película de Transformers, o que por fin iba a tener un encuentro cercano del tercer tipo. Pero no, abajo de todas las porquerías que tenía, había un auto. Lo primero que noté fueron las pequeñás luces violetas en el parabrisas y la cara del conductor encuadrada por taquímetros, velocímetros e indicadores de combustible. Cuando el semáforo se puso en verde, se me pone al lado y seguí descubriendo cosas. Pude ver que tenía una pantalla para ver DVDs, luces de neón abajo del auto, y un fierro que hacía de alerón. Además del polarizado y el estéreo que sonaba muy bien.
Yo soy más partidario de la ornamentación del auto. El polarizado y un buen estéreo, me gusta. Llantas y fundas para los asientos, también. Pero nada más. Nada de luces de más en ningún lado, bajar el auto, alerones exagerados, pantallas para ver DVDs, etc, etc, etc.
Esas luces de neón debajo que hace que parezca un carnaval carioca; bajar el auto para que se te haga mierda el caño de escape en el primer lomo de burro que pases; alerones que parecen el de un avión, ni hablar si tiene más de uno (que yo he visto); pantalla para ver DVDs, que en cuanto pasen el culo de una mina bailando te tragás al que va adelante… todo al pedo. En fin, el que quiere sintonizar su auto, que lo sintonice.
Me agarró curiosidad y me fijé en el diccionario que tengo inglés/castellano la palabra tunning y no aparece. Obvio que no, tunning es un verbo (si mal no recuerdo las clases de inglés de la secundaria). Así que me fije tune y dice: “sintonizar”; y todavía seguía sin entender. ¿El auto sintonizador?, ¿el auto que sintoniza?.
Es una palabra que usamos casi cotidianamente pero no tenemos la más mínima idea de la interpretación al ponerla al lado de una palabra como “auto”.
Y no es lo mismo un auto adornado que uno tunning, no señor. Para adornar un auto hay que tener el mínimo requerido de buen gusto y algo de plata; y para hacer uno tunning puedo prescindir del buen gusto.
Un viernes a la noche salí a dar unas vueltas por el conocido tontódromo de la ciudad. Voy con mi humilde auto no tuneado (ni adornado) y se me pone un auto atrás, en la parada de un semáforo. Cuando lo ví bien pensé que estaba en una película de Transformers, o que por fin iba a tener un encuentro cercano del tercer tipo. Pero no, abajo de todas las porquerías que tenía, había un auto. Lo primero que noté fueron las pequeñás luces violetas en el parabrisas y la cara del conductor encuadrada por taquímetros, velocímetros e indicadores de combustible. Cuando el semáforo se puso en verde, se me pone al lado y seguí descubriendo cosas. Pude ver que tenía una pantalla para ver DVDs, luces de neón abajo del auto, y un fierro que hacía de alerón. Además del polarizado y el estéreo que sonaba muy bien.
Yo soy más partidario de la ornamentación del auto. El polarizado y un buen estéreo, me gusta. Llantas y fundas para los asientos, también. Pero nada más. Nada de luces de más en ningún lado, bajar el auto, alerones exagerados, pantallas para ver DVDs, etc, etc, etc.
Esas luces de neón debajo que hace que parezca un carnaval carioca; bajar el auto para que se te haga mierda el caño de escape en el primer lomo de burro que pases; alerones que parecen el de un avión, ni hablar si tiene más de uno (que yo he visto); pantalla para ver DVDs, que en cuanto pasen el culo de una mina bailando te tragás al que va adelante… todo al pedo. En fin, el que quiere sintonizar su auto, que lo sintonice.

martes, 1 de abril de 2008
LAS ORDENANZAS

Una noche me pasó a buscar mi amigo para que vayamos a tomar algo al pool. Como ya estaba de vacaciones, re tranqui, voy, me chupo un par de birras, me fumo unos puchos, charlamos de la vida, etc.
Entramos a este lugar, buscamos unas sillas y nos acomodamos. No había mucha gente, los personajes de siempre, jugando al pool o solo sentados llevando a cabo el mismo plan que teníamos nosotros.
Se acerca el mozo:
- “Hola, ¿qué tal?, ¿me traés una cerveza y un cenicero?" -le dije-.
- “La cerveza sí, pero no se puede fumar más acá”.
- “Ah, ¿no?, la puta madre” -resignado-.
- “Ya no se puede más, ahí está la ordenanza”.
A menos de dos metros tenía un cartel que decía que por una ordenanza de mierda que sacaron, no podía fumar en lugares públicos. No es nada nuevo. Pero me di cuenta que cada vez me quedan menos lugares donde fumar: en mi casa yo no fumo; en la facultad se podía y ya no, solamente en el buffet (hasta hace unos meses), ahora en ninguna parte del edificio, ¿y ahora el pool?.
¿Qué pretenden estas ordenanzas?, ¿que los fumadores tengan que salir de un lugar público a cagarse de frío para disfrutar un pucho?, ¿hacer una Argentina más sana?. Si eso es lo que quieren, que cierren las tabacaleras, que dejen de importar y dejen de vender cigarrillos. Si la van a hacer, que la hagan grosa; ya demasiado tenemos con el aumento de los puchos. Me la banqué.
Nos trae la cerveza y empezamos a tomar.
Habrán pasado 15 minutos, y en la pared de enfrente un tipo se prende un cigarrillo, miro al costado: un vago en la mesa de al lado fumando. ¿Qué me vieron cara de pelotudo? -pensé-. Pasa el mozo por al lado y le digo: “Che, yo también quiero fumar”, y me hace un gesto como diciendo: fumá que está todo bien; digo yo, ¿para qué me rompió las pelotas si después me iba a dejar fumar lo más tranquilo?. Es más, después me trajo un cenicero y todo.
Compañeros fumadores: cada vez nos están cerrando más puertas. Si quieren que dejemos de fumar que intenten con otra cosa. Que sigan vendiendo cosas mágicas en en la tele para dejar de fumar, que en los atados pongan unas fotos de unos pulmones contaminados al lado de unos sanos, que nos asusten con las estadísticas de mortalidad en el mundo a causa de este “canelón de tabaco”, o cualquier otra cosa. Yo creo que hasta “sector fumadores” y “sector NO fumadores” estábamos bien.
En fin, aparte de esto, creo que quedó en claro que todos nos cagamos en las ordenanzas.
domingo, 16 de marzo de 2008
EL ARTE DE LA PACIENCIA
Si hay algo que me falta es paciencia. Dios no me dotó con ese don. Lo que más me enferma es hacer cola en algún lado. Por eso es que no me gusta ir al supermercado, ir a comprar comida cuando el lugar está lleno o ir a votar. Odio esperar.
Cuando mi vieja me dice: “¿Me acompañás al mercado?”, yo ya me imagino lo peor que me pueda llegar a pasar: todo Río Grande está haciendo las compras a donde voy a ir yo y me tengo que bancar las colas de 50 personas con changos llenos. Por eso es que siempre trato de evitarlo y también evitar a las personas adictas al mercado como mi vieja. No es que nunca fui tampoco. Pero si voy solo y tengo que comprar alguna boludez, primero me fijo si hay mucha gente en las cajas.
Una vez que fui con mi viejo al mercado, porque mi vieja no estaba, nos comimos como una hora de cola. Uno puede pensar: “Bueno, pero si estás con alguien se te pasa rápido”. Pero era mi viejo. Una persona que es feliz si habla lo menos posible. Tiene la creencia religiosa que quedándose callado y respirando profundo, las cosas se hacen más soportables. Y a mí no me da para romperle las pelotas mientras está ejecutando su acto de fé, así que me aboqué a su creencia. Cuando llevábamos más o menos media hora yo ya no daba más de esperar y me di cuenta que éramos los tipos más aburridos de todo el supermercado; podríamos estar horas y horas haciendo la cola sin decir una sola palabra. Somos unos compañeros muy aburridos para ir de compras.
Lo mismo pasa cuando vas a votar, ¡no me gusta esperar!. En una elección fui como a las tres de la tarde y habían como 100 personas en mi mesa; así que me fui, y yo, vivo, pensé: “Me voy y vuelvo cinco minutos antes de las seis que seguro no hay nadie”. Para mi decepción, cuando volví había del doble de personas que antes, así que no me quedó más remedio que hacer la cola en forma de espiral que ocupaba todo un gimnasio. Y lo único que me hizo quedar fue el hecho de que si me iba, iba a tener que bancarme hacer todo el trámite de justificar el voto. Así que en la próxima elección hice exactamente lo contrario, me levanté bien temprano y llegué para votar a las 8.30 de la mañana. Re cagado de sueño y con ganas de no esperar, me puse a hacer la cola y todavía no habían abierto la mesa. ¡Ni siquiera estaba el presidente de mesa!; una horita esperando estuve seguro.
Pero lo que más sufrimos los jóvenes es hacer cola un sábado a la noche para entrar al boliche. Eso es inconcebible. Generalmente vas al boliche tipo 3.30 o 4; primero hacés una previa con amigos tomando unas cervecitas, charlando de todo un poco para después pasar a la segunda parte: ir al boliche. Cuando llegás te encontrás con una cola impresionante de gente, y ya estás ahí, no te podés quedar solamente con la previa y las cervezas que te tomaste, tenés que transpirarla, y que mejor que en el boliche; así que hacés la cola. Algunas veces me pasó (seguramente a ustedes también) de esperar una hora; te cagás de frío y encima cuando entrás, te tomás tu tiempito de entrada en calor mientras tomás algo, y cuando querés dejar la campera, otra cola en el guardarropa, ¡dejáte de joder!.
En fin, siempre van a aparecer situaciones en tu camino que van a poner a prueba alguno de tus defectos. A mí siempre me desafía el arte de la paciencia (casi siempre con éxito).
Para personas con escasez de paciencia, unas recomendaciones:
- Eviten ir al mercado.
- Vayan a votar apenas abran las mesas.
Cuando mi vieja me dice: “¿Me acompañás al mercado?”, yo ya me imagino lo peor que me pueda llegar a pasar: todo Río Grande está haciendo las compras a donde voy a ir yo y me tengo que bancar las colas de 50 personas con changos llenos. Por eso es que siempre trato de evitarlo y también evitar a las personas adictas al mercado como mi vieja. No es que nunca fui tampoco. Pero si voy solo y tengo que comprar alguna boludez, primero me fijo si hay mucha gente en las cajas.
Una vez que fui con mi viejo al mercado, porque mi vieja no estaba, nos comimos como una hora de cola. Uno puede pensar: “Bueno, pero si estás con alguien se te pasa rápido”. Pero era mi viejo. Una persona que es feliz si habla lo menos posible. Tiene la creencia religiosa que quedándose callado y respirando profundo, las cosas se hacen más soportables. Y a mí no me da para romperle las pelotas mientras está ejecutando su acto de fé, así que me aboqué a su creencia. Cuando llevábamos más o menos media hora yo ya no daba más de esperar y me di cuenta que éramos los tipos más aburridos de todo el supermercado; podríamos estar horas y horas haciendo la cola sin decir una sola palabra. Somos unos compañeros muy aburridos para ir de compras.
Lo mismo pasa cuando vas a votar, ¡no me gusta esperar!. En una elección fui como a las tres de la tarde y habían como 100 personas en mi mesa; así que me fui, y yo, vivo, pensé: “Me voy y vuelvo cinco minutos antes de las seis que seguro no hay nadie”. Para mi decepción, cuando volví había del doble de personas que antes, así que no me quedó más remedio que hacer la cola en forma de espiral que ocupaba todo un gimnasio. Y lo único que me hizo quedar fue el hecho de que si me iba, iba a tener que bancarme hacer todo el trámite de justificar el voto. Así que en la próxima elección hice exactamente lo contrario, me levanté bien temprano y llegué para votar a las 8.30 de la mañana. Re cagado de sueño y con ganas de no esperar, me puse a hacer la cola y todavía no habían abierto la mesa. ¡Ni siquiera estaba el presidente de mesa!; una horita esperando estuve seguro.
Pero lo que más sufrimos los jóvenes es hacer cola un sábado a la noche para entrar al boliche. Eso es inconcebible. Generalmente vas al boliche tipo 3.30 o 4; primero hacés una previa con amigos tomando unas cervecitas, charlando de todo un poco para después pasar a la segunda parte: ir al boliche. Cuando llegás te encontrás con una cola impresionante de gente, y ya estás ahí, no te podés quedar solamente con la previa y las cervezas que te tomaste, tenés que transpirarla, y que mejor que en el boliche; así que hacés la cola. Algunas veces me pasó (seguramente a ustedes también) de esperar una hora; te cagás de frío y encima cuando entrás, te tomás tu tiempito de entrada en calor mientras tomás algo, y cuando querés dejar la campera, otra cola en el guardarropa, ¡dejáte de joder!.
En fin, siempre van a aparecer situaciones en tu camino que van a poner a prueba alguno de tus defectos. A mí siempre me desafía el arte de la paciencia (casi siempre con éxito).
Para personas con escasez de paciencia, unas recomendaciones:
- Eviten ir al mercado.
- Vayan a votar apenas abran las mesas.
- Hacé la previa y andá al boliche una hora más temprano.
sábado, 1 de marzo de 2008
LA MAGIA DE ADELGAZAR
Si hay algo que me hace reir, es ver una propaganda de un producto para bajar de peso. Seguramente ya todos la vieron: el Reduce Fat Fast. Cuya traducción al castellano quiere decir algo como: reducir la grasa rápido. Si hay más de tres personas que compraron eso, por favor que me digan quienes son porque yo no conozco a nadie que por lo menos me diga que conoce a alguien que sí.
En resumen, son unas pastillas que cuando estás gordo, te las tomás y no solo se te va la grasa, sino que también se te empiezan a desarrollar todos los músculos del cuerpo. O al menos eso me vende la propaganda.
Fue creado por un vago de centroamérica que se llama Jorge Hané. La primera vez
que lo ví en la tele fue cuando hizo la publicidad con, según él, una modelo argentina famosísima, Marcela Brane. ¿Alguien la conoce?. Bueno, resulta que es una modelo que tuvo una hija y que había quedado con varios kilos de más. Esta mina consiguió el teléfono del vago y le dió la pastillita, que seguramente todavía estaba bajo ensayos y experiencias. Al parecer le funcionó, asi que Jorgito dijo: “Esta es la mía”. Meto las pastillas en un frasco, les hago una etiqueta y le pongo un nombre que llame la atención de todos los gordos; y puso las tres palabras más significativas: reducir-grasa-rápido, a mí no se me hubieran ocurrido mejores.
Pero el tipo no se quedó ahí. Se puso a pensar que, como su producto había tenido éxito en 74 países (?), podía conseguir gente más famosa de Argentina y así redoblar la apuesta. Igualmente cur
ró con lo de Marcela Brane durante varios años.
Por eso la próxima propaganda arrancó diciendo: “Estoy con una famosísima actriz argentina”, igual que en la primera. Estaba con Ethel Rojo, ¡dejate de joder!, quien toma Reduce Fat Fast hace 15 años, ¡¡dejate de joderrrr!!. Encima me enferma que los personajes argentinos cuando hacen una propaganda para otro país, es como que fuerzan el acento de ese lugar. Si hacen una propaganda para México, hablan en neutro; si es para Cuba, hablan en cubano; si es para Guatemala, hablan en guatemalteco.
En la otra escena de la renovada propaganda, apareció con Natalia Fava y su novio Santiago Almeida. Ella, con su mejor cara de actriz paga,
comenta sobre cómo perdió sus famosos 8 kilos y cómo no los volvió a recuperar. Y él tenía uno o dos kilitos de más y también tomó la pastilla. Esa sí que no me la creo. ¿Un vago que se mata en el gimnasio tiene que andar tomando una pastillita para bajar un par de kilos?. Encima después aparece en cuero, todo re groso, sosteniendo el frasco el cual al lado de un músculo de sus abdominales, ni se ve.
En resumen, son unas pastillas que cuando estás gordo, te las tomás y no solo se te va la grasa, sino que también se te empiezan a desarrollar todos los músculos del cuerpo. O al menos eso me vende la propaganda.
Fue creado por un vago de centroamérica que se llama Jorge Hané. La primera vez
que lo ví en la tele fue cuando hizo la publicidad con, según él, una modelo argentina famosísima, Marcela Brane. ¿Alguien la conoce?. Bueno, resulta que es una modelo que tuvo una hija y que había quedado con varios kilos de más. Esta mina consiguió el teléfono del vago y le dió la pastillita, que seguramente todavía estaba bajo ensayos y experiencias. Al parecer le funcionó, asi que Jorgito dijo: “Esta es la mía”. Meto las pastillas en un frasco, les hago una etiqueta y le pongo un nombre que llame la atención de todos los gordos; y puso las tres palabras más significativas: reducir-grasa-rápido, a mí no se me hubieran ocurrido mejores.Pero el tipo no se quedó ahí. Se puso a pensar que, como su producto había tenido éxito en 74 países (?), podía conseguir gente más famosa de Argentina y así redoblar la apuesta. Igualmente cur
ró con lo de Marcela Brane durante varios años.Por eso la próxima propaganda arrancó diciendo: “Estoy con una famosísima actriz argentina”, igual que en la primera. Estaba con Ethel Rojo, ¡dejate de joder!, quien toma Reduce Fat Fast hace 15 años, ¡¡dejate de joderrrr!!. Encima me enferma que los personajes argentinos cuando hacen una propaganda para otro país, es como que fuerzan el acento de ese lugar. Si hacen una propaganda para México, hablan en neutro; si es para Cuba, hablan en cubano; si es para Guatemala, hablan en guatemalteco.

En la otra escena de la renovada propaganda, apareció con Natalia Fava y su novio Santiago Almeida. Ella, con su mejor cara de actriz paga,
comenta sobre cómo perdió sus famosos 8 kilos y cómo no los volvió a recuperar. Y él tenía uno o dos kilitos de más y también tomó la pastilla. Esa sí que no me la creo. ¿Un vago que se mata en el gimnasio tiene que andar tomando una pastillita para bajar un par de kilos?. Encima después aparece en cuero, todo re groso, sosteniendo el frasco el cual al lado de un músculo de sus abdominales, ni se ve.¡Ma que Cuestión de Peso!, con esas dietas, ejercicios y andar sufriendo con la balanza. ¿Todo para qué?, ¿para que te queden esos colgajos horribles, después te operen y te quede una cicatriz de la puta madre?. Aunque pensándolo bien, prefiero eso a tener que meterme una pastilla en la boca que no sé si a alguien le dio resultado, porque las propagandas no me convencieron mucho.
En fin, el que crea en la magia, que le meta pata con el Reduce Fat Fast, y el que no, que haga la dieta Cormillot.
En fin, el que crea en la magia, que le meta pata con el Reduce Fat Fast, y el que no, que haga la dieta Cormillot.


En el rincón rojo, Jorge Hané, el gurú de la pérdida de peso.
Y en el rincón azul, Alberto Cormillot, el ídolo de todos los gorditos.
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